SÚPER-RELATOS BREVES: EL HOMBRE MÁS FUERTE DEL MUNDO

0
51
EL HOMBRE MÁS FUERTE DEL MUNDO
Por Antonio Monfort Gasulla
(Ilustración de Moisés López)

Cuando pienso en él, me viene a la mente una silueta gigantesca y unos inmensos ojos azules.

En cierto modo, así es como le recuerdo.
Yo tendría unos diez años cuando le vi por primera vez. Fue una tarde en el solar de Sullivan, donde asustó a los matones del barrio para que nos dejaran a los pequeños jugar en paz. Se convirtió en mi héroe, pero no se lo dije. Jamás me habría atrevido, me parecía un Dios. Sin embargo, me puse a indagar sobre él y en las semanas siguientes, estuve atento a sus apariciones por el barrio. Me lo encontraba ayudando a la señora Baker con las bolsas de la compra, se encaramó a un árbol para devolver el gato a la pequeña Sally y cuando se quemó el almacén de Weisinger, ya había sacado a dos trabajadores del edificio en llamas antes de que llegaran los bomberos.
Me di cuenta de que le caía bien a la gente, pero nadie parecía saber mucho acerca de su vida. Jim, el quiosquero, fue el primero en contarme cosas.
—¿Kenneth? —me dijo revelándome su nombre— no es de por aquí, pero es buena gente. No te metas con él.
Nadie parecía saber donde vivía. Aquella falta de datos sobre su persona hizo que le otorgara un aura de misterio que disparó mi imaginación. Empecé a verle como uno de los héroes de mis revistas, como Doc Savage; el hombre de bronce, o Flash Gordon.
Kenneth se les parecía bastante. Mandíbula cuadrada, pelo negro, fuerte, valiente… y estaba siempre cuando se le necesitaba. Supongo que pensareis que tenía demasiada imaginación, pero si eres el pequeño de seis hermanos, en una familia de inmigrantes, en plena gran depresión, la fantasía es lo único que te queda. Las revistas que luego los listillos empezaron a llamar “pulp” por el papel de pulpa con el que estaban hechas y los pocos comics que se publicaban en aquellos años, eran baratos y nutrían mi imaginación de historias imposibles. Para el niño que fui, Kenneth se convirtió en una porción de fantasía que se había escapado de las viñetas, y había aterrizado en aquel  Cleveland de 1927.
Por aquellos días, mi padre aún regentaba una pequeña mercería. No era gran cosa, pero nos daba de comer a todos. Era normal que las tiendas del barrio pagaran una cuota de “protección” a las mafias locales. Era un mal necesario y nadie se molestaba en impedirlo, y mucho menos la policía. Nuestra tienda no era una excepción, pero aquella vez, el recaudador habitual había cambiado y mandaron a un tal Alexander. Un chavalillo joven, estirado y con poco pelo que se divertía amenazando a los tenderos. Quiso la casualidad, el azar o el destino que mi poderoso héroe estuviera en nuestra tienda comprándose un sombrero cuando aquel sujeto, afanoso por ganar una reputación, empezó a intimidar a mi padre. Kenneth se puso hecho una furia, y agarró a aquel tipejo por la pechera y por el cinturón levantándolo en vilo por encima de su cabeza. Mi padre, temeroso de las represalias, le pidió que le soltara, pero el fortachón no hizo caso ni a él ni a los gritos y pataleos del otro. Salió por la puerta y lo tiró en mitad de la calle. El matón se levantó cojeando y soltando todo tipo de improperios. Nunca volvimos a verle. Kenneth se carcajeaba con los puños en los costados, como si aquello no fuera con él. 
Yo lo había visto todo desde la trastienda y os podréis imaginar hasta qué punto me había impresionado la escena. 
—¿No tienes miedo? —le pregunté superando al fin mi timidez.
—¿De ese? ¡no! —le contestó rotundo.
—Pero son gente peligrosa, tienen armas y…
—¿Y qué? Que vengan si son valientes.
—¿No le tienes miedo a las balas?
—No. 
Yo estaba alucinando.
—¿Eres de otro planeta? —solté a bocajarro.
Kenneth soltó una de sus estruendosas carcajadas.
—Vaya hombre, me has pillado —admitió sin dejar de reírse— ¿Cómo lo has adivinado?
—Bueno… —le dije balbuceante— eres muy fuerte y no te dan miedo las balas, como los personajes de mis comics.
—¿Comics? ¿de ahí sacas esas ideas?
Asentí con la cabeza y le alargué la revista que llevaba enrollada en el bolsillo de mi pantalón. Kenneth la miró con curiosidad y se sentó en la acera para mirarla con calma. Sacó unas gafas del bolsillo de su abrigo y se puso a leerla. Me hizo mucha gracia que alguien tan grande se pusiera gafas. Yo me senté a su lado y esperé. Debía parecer una pulga al lado de un elefante. Finalmente me devolvió la revista.
—Me gustan tus comics —me dijo.
—¿En serio? eres el primer adulto que me dice eso.
Él se rió otra vez.
—La imaginación es buena. Hay que imaginar las cosas antes de inventarlas ¿Sabes?
—Claro —asentí encantado.
—¿Cómo te llamas? Eres el pequeño de los Siegel ¿verdad?
—Sí, me llamo Jerome, aunque todos me llaman Jerry.
—Está bien, Jerome. No dejes de leer nunca. Digan lo que digan los demás.
—¿Me contarás cosas de tu planeta?
—¿Qué quieres saber?
—¿Por qué estás aquí?
—Mi planeta explotó y mis padres me mandaron aquí cuando era un bebe.
—¡¿De verdad?!
—Es un secreto, no vayas contándolo por ahí.
—No te preocupes, no diré nada.
—Está bien —dijo sonriendo y revolviéndome el pelo—. No apagues nunca esa imaginación.
Kenneth se levantó de la acera, y al ponerse de pie, vi algo azul brillante que asomaba por debajo de su camisa. Nunca había visto una prenda de aquel color, ni a nadie que conociera llevando algo parecido. De pronto lo supe. ¡Tenía que ser su traje espacial! Yo estaba flotando. Por fin, había conocido a uno de mis héroes en persona.
—Estaré por aquí —me dijo mientras se alejaba saludándome con la mano.
Tardé semanas en volver a ver a Kenneth. De hecho se convirtió en una pauta habitual que desapareciera durante meses, para luego estar por todas partes durante un tiempo. Cuando le preguntaba dónde iba me contestaba siempre cosas como “de viaje”, “por ahí” y otras vaguedades. Yo me lo imaginaba en el espacio cumpliendo misiones secretas, o luchando contra alienígenas malvados. Ahora me maravillo por la inocencia de aquellos años, cuando era tan fácil que realidad y ficción se dieran la mano. 
Cada vez que le encontraba me pegaba a él como una lapa y le hablaba de mis cosas, de mis problemas, y le hacía preguntas acerca de si mismo y su planeta. Él siempre me escuchaba, siempre tenía tiempo para mí. Aquellas conversaciones se convirtieron en algo especial y mágico que anhelaba cada vez más. De las veces que volví a hablar con Kenneth recuerdo especialmente una.
—Sí eres tan fuerte, —le pregunté— ¿por qué te dedicas a ayudar a los demás? Podrías hacer lo que quisieras. Nadie te pararía.
—Me gusta pensar que mi vida contará para algo, —explicó. Él siempre me hablaba como a un adulto— Que servirá para hacer del mundo un sitio mejor.
—A mí también me gustaría hacer eso —le dije—. Pero no soy tan fuerte como tú.
—No hace falta ser fuerte para eso.  A ver, ¿qué es lo que te gusta hacer?
—¿Me prometes que no se lo dirás a nadie?
—Prometido.
—Me gusta escribir historias.
—¿Cómo las de tus comics?
—Sí.
—Pues esa es una estupenda manera de hacer el mundo un poco mejor.
Lo cierto es que a mí no se me ocurría ni de lejos cómo mis historias podían hacer tal cosa, pero años después, aun recordaría aquellas palabras.
Una tarde de Junio mis padres decidieron llevarnos a todos los hermanos al circo. No era muy habitual pero por lo visto decidieron hacer un gasto extra para pasar una tarde en familia. A mí no me entusiasmaba demasiado. Cuando sueñas con naves espaciales, alienígenas y justicieros urbanos, malabarismos y payasos saben a poco. No imaginaba que a partir de aquel día, empezaría a odiar el circo con todas mis fuerzas. 
Debo admitir que en aquella época, éste era algo mucho más romántico y pintoresco que hoy en día. Más auténtico se podría decir. Un mundo entre lo patético, lo divertido y lo siniestro. 
Nos pusimos en la cola para entrar bajo la carpa y una vez dentro, ocupamos un espacio hacia la mitad del graderío. Las actuaciones se fueron sucediendo dentro de lo habitual. Trapecistas que hacían filigranas que embobaban al público, domadores con sus leones, y payasos con cierta gracia. Lo increíble vino después. El jefe de pista salió en solitario para anunciar un nuevo número. Había expectación y silencio en las gradas. 
—¡Y ahora, con todos ustedes…llegado desde los confines de la tierra, el único hombre capaz de detener una locomotora con sus manos, atrapar una bala de cañón con su cuerpo, el hombre más fuerte del mundo… ¡¡KENNETH CLARK, EL SUPERHOMBRE!!
Y desde detrás de las cortinas apareció mi amigo. Llevaba su pelo negro engominado y peinado hacía atrás. Vestía una malla azul brillante y un calzón rojo con una especie de botines del mismo color. En el pecho, un gran triangulo amarillo que recordaba a una placa de la policía. El número fue impresionante, Kenneth fue levantando objetos cada vez más pesados. Primero las típicas pesas de forzudo, luego a un par de señoritas del público, una en cada brazo y finalmente, uno de aquellos carromatos que viajaban con el circo. El publicó aulló y se deshizo en vítores y aplausos. 
A mi se me partió el corazón.
Todas mis fantasías se desmoronaron de golpe y me di cuenta de que Kenneth no era de otro planeta, ni un héroe de comic. Solo un tipo normal y corriente, algo más fuerte de lo habitual, que viajaba con el circo y que debía tener una residencia más o menos fija cerca de mi casa.
Mis hermanos se desternillaban de risa, primero de él al reconocerle y verle con aquella pinta y luego de mí, por la cara de bobo que se me quedó. Cuando llegamos a casa me fui a la cama y me eché a llorar debajo de las mantas. Nadie entendió qué me ocurría. Mi héroe, era solo un forzudo de circo.
Tardé un tiempo en volver a ver a Kenneth por el barrio y cuando lo hice, no le dirigí la palabra. Le di la espalda y cambié de acera. Recuerdo bien el estupor en su rostro, su sorpresa. Me pregunto qué debió pensar y a qué debió achacar mis desplantes.
Con el tiempo desapareció del barrio, seguramente con el circo y no supe nada más de él.
Pasaron los años, pero la mayoría de las cosas siguieron igual. Mi familia seguía siendo pobre, seguimos viviendo en Cleveland, y yo seguía leyendo historias de ciencia ficción, con la salvedad de que ahora también había empezado a escribirlas. Empezaba a tomarme en serio como escritor. Fui al instituto y allí, a los dieciséis, conocí a Joe. Tenía mi edad y había emigrado de Canadá con su familia. Era un magnífico dibujante y estaba al menos tan pirado como yo por la fantasía y por producir historias. Empezamos a editar “artesanalmente” un fanzine: “Historias de ciencia ficción”. Pensaba que no lo leía nadie, pero con el tiempo descubrí que tuvo cierta repercusión. En aquellos tiempos, los editores se estaban dando cuenta de que las pequeñas historietas que aparecían en los periódicos gustaban y empezaron a buscar autores para producir revistas de comics. Joe y yo creamos algún personaje y empezamos a vender historias de vez en cuando.
Fue por aquel entonces, y no me preguntéis cómo, que supe que el circo había vuelto a la ciudad. Eso me hizo recordar a Kenneth con nostalgia. Me acordaba de aquellos ratos que pasaba conmigo siendo un niño y de cómo me animó a escribir y a imaginar cuando nadie más lo hacía. También fui consciente de que no se merecía el desprecio con el que le traté.
Me armé de valor y le pedí a Joe que me acompañara al circo.
—¿Quieres que vayamos al circo? – Se sorprendió.
—Sí.
—¡¿Al circo?! —repetía— ¿Qué tienes?, ¿seis años?
—Me han dicho que las trapecistas están muy buenas.
—Ah, entonces vale.
Preferí no contarle a Joe demasiado acerca de Kenneth. Al fin y al cabo, no sabía si querría verme o si se acordaría de mí. Había pasado mucho tiempo.
La verdad es que el espectáculo no había cambiado mucho desde aquella última visita, pero para mi desconcierto, el número de mi amigo no apareció. Empecé a preguntarme que había sido de él.
Al acabar, esperamos a que todo el mundo se fuera y pregunté por Kenneth a los chicos que aparecieron para hacer la limpieza. Ninguno sabía nada, ni recordaba su número. Nos mandaron a los carromatos de los artistas y nos dijeron que buscáramos a Louise, la jefa. Quizá ella sabría algo.
Esta mujer resultó ser una malabarista retirada que con el tiempo había asumido la gestión del espectáculo. Recordaba a Kenneth con cariño y por sus palabras, llegué a intuir que habían sido más que amigos. Fue ella quien nos dio la mala noticia.
Mi amigo había muerto dos años atrás de un ataque al corazón.
Había llegado tarde. Nunca podría disculparme, volver a hablar con él y decirle cuánto había significado en mi vida.
—Guardo algunas de sus cosas en un arcón —me dijo Louise— A veces, cuando alguien me pregunta por él, se las muestro. ¿Quieres verlas?
—Me… me encantaría. 
Fuimos a otro de los carromatos, un chaval pelirrojo y pecoso nos abrió la puerta y buscó un viejo baúl debajo de una montaña de ropa vieja.
—Gracias, Jimmy —dijo Louise mientras sacaba un manojo de llaves y lo abría.
Allí estaba su traje de faena, tan azul y tan brillante como el día que lo había entrevisto debajo de su camisa. Sus gafas, su reloj… también había un buen montón de cartas y fotografías de Kenneth con gente que yo no conocía.
—Allí donde fuéramos, la gente le quería y le recordaba —explicó la mujer—. Tenía millares de amigos. Algunos le escribían desde niños y continuaron haciéndolo siendo adultos. Tenía una gracia especial con los chiquillos. Les hacía sentir…
—Que sus vidas contaban para algo —acabé la frase con pesadumbre.
Junto a todas aquellas cosas, había varios libros de ciencia ficción y entre ellos uno llamado “Gladiator” de un tal Phyllip Willie. Contaba la historia de un campeón con fuerza sobrehumana y piel invulnerable. Entendí que de todo aquello sacaría las historias que me contó de niño. A él también le encantaba leer.
En la primera página había una inscripción a mano. “Haz del mundo un sitio mejor”. Era la letra de Kenneth y de algún modo, supe que lo había escrito para mí. 
—Quédatelo —me dijo Louise al ver como lo miraba—. Seguro que le hubiera encantado que lo tuvieras. 
Aquella noche no pude dormir. No dejaba de pensar en Kenneth, en los ratos que pasamos juntos, sus historias… me levanté y por mi ventana, entre los edificios, vi el cielo estrellado. Una chispa saltó en mi cabeza.
A la mañana siguiente, me presenté en casa de Joe a las siete de la mañana. La señora Shuster me abrió con cara de pocos amigos. 
—¿Qué quieres?
—¿Está Joe?
—Está durmiendo.
—¿Puedo despertarle?
—Tú mismo.
Subí corriendo a la habitación y zarandeé a mi amigo.
—Tengo una idea para un personaje. Necesito que lo dibujes.
—¿Y tiene que ser ahora?
—Sí.
—Dios, eres un pelmazo.
Le conté mi idea de un campeón alienígena, vestido con un traje brillante enviado a nuestro mundo cuando era un bebé y que aquí había adquirido grandes poderes que utilizaba para el bien común.
—¿Tiene poderes? —preguntó Joe.
—Sí.
—¿Cuáles?
—Es muy fuerte.
—¿Invulnerable? —me propuso.
—Vale —acepté.
—¿Qué más? —siguió preguntando mientras empezaba a garabatear.
—Es muy rápido
—Y puede ver a través de las cosas —sugirió.
—No es mala idea —admití.
—¡Y vuela! —se emocionó Joe.
—No sé, igual es pasarse —le dije.
—Bueno, pues puede dar grandes saltos.
—No sé yo…
—Que sí, hombre, que sí.
El esbozo de Joe empezó a tomar forma.
—Quiero que vista de azul —le pedí.
—Ya me imagino… —entendió mi amigo— y algo rojo con un escudo amarillo ¿no?
—Exacto.
—Está bien. Son colores primarios —se explicó—. Quedarán bien en la imprenta.
El dibujo mostraba a un hombre de aspecto poderoso y sonriente. Vestía un traje azul ajustado. Cinturón amarillo, calzón y botas rojas.
—Le falta algo… —barruntó Joe—. ¿Qué tal una capa?
—¿Una capa? —dudé—. No se me había ocurrido.
—Quedará bien. Una gran capa roja —me aseguró.
Yo me fiaba de Joe en aquellas cosas. Era muy bueno.
—¿Cómo se llamará?
—¿Qué tal “Superman”? —le propuse.
—¿El superhombre? puede valer. Entonces…
Joe le pintó una S roja en el triangulo amarillo del pecho. Nuestro Superman había nacido.
Intentamos durante años vender el personaje a los editores. Nadie lo quiso. Todos pensaban que era demasiado exagerado y que nadie se lo creería. Llegamos a pensar que tenían razón. Superman estuvo durante años guardado en un cajón hasta que en 1938, nos dijeron que Harry Donnefeld iba a sacar una nueva revista para la que necesitaba personajes. Nosotros le dimos a Superman.
Su éxito fue arrollador. En apenas unos meses estaba en todas partes. Radio, prensa, libros… y eso solo al principio. La editorial ganó millones. Nosotros bastante menos.
De todos modos, me gusta pensar que Joe y yo hicimos algo bueno con nuestro personaje. Que sus historias han alimentado la imaginación de niños por todo el planeta e inspirado a mucha gente a hacer el mundo un poco mejor.
Yo cada vez que veo a Superman recuerdo a mi amigo Kenneth. Creo que le habría gustado leer mis historias y pienso que quizá se hubiera sentido orgulloso de aquel héroe volador que inspiró y que sin saberlo, ayudó a crear.

FIN
0 0 voto
Valoración del artículo
Suscribirse
Notificar de
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments
Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Solo puedo decir…. Excelente. Buenisimo para un guion de una pelicula de como nacio Superman!!!

Marcelo
Marcelo
Reply to  Anónimo
7 años atrás

Apoyo la moción…

Anónimo
Anónimo
Reply to  Anónimo
7 años atrás

Te apoyo totalmente,amigo!!!

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Javi mira esto esta en deviantart pero me perece que es oficial la foto http://djpyro229.deviantart.com/gallery/

Saludos Ivan-el.

andresgvasquez
andresgvasquez
7 años atrás
Marcelo
Marcelo
7 años atrás

Eeeh, muchachos. ¿Algo que decir dsobrel relato posteado. Todo bien con sugerir algunos links pero déjenlo para otra oportunidad. Creo que el relato lo merece.

Javier Olivares
Javier Olivares
Admin
Reply to  Marcelo
7 años atrás

Bien dicho. Porque el relato es una maravilla y la ilustración de Moisés, otra.

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Fabuloso relato. conmovedor e inspirador.

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Muy bueno… casi, casi lloro.

Kryptonita Roja
Kryptonita Roja
7 años atrás

Hola Javier:

Tengo una amiga que se curra unos relatos eróticos de Superhéroes bestiales, no es soez, sucio, sin lenguajes explícitos, nadie se sentiría ofendido.

Lo puedo enviar?

Saludos

Javier Olivares
Javier Olivares
Admin
Reply to  Kryptonita Roja
7 años atrás

Claro, mándamelo. No te garantizo que sea publicable porque la web tiene que mantenerse para todos los públicos, pero podemos verlo a ver si encaja.

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

me encanto.. es espectacular.. comparto la idea de que fuera como un guion de como nacio superman… es excelente

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Jason de Colombia. Solo puedo decir que es Conmovedor e inspirador, una historia con gran sentimiento.

SpideyNext
SpideyNext
7 años atrás

Que cosa más bonita! Si señor!

Ric-El
Ric-El
7 años atrás

Antonio Monfort, ¡¡Que gran historia!! Muy emotiva y sentimental, yo tambien casi lloro, felicidades, comparto la idea que podria ser un guion para una pelicula de como nace Superman

Caray Javier, estas historias si que valen la pena, la tuya tambien me gusto mucho

Esto hace menos estresante la espera para ver MOS, jejeje

Saludos

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Derroche de imaginación! Me he emocionado y no suelo hacerlo. Enhorabuena! Apoyo lo del guion! Bien desarrollado, por qué no?

Jorge Issa
Jorge Issa
7 años atrás

Simplemente genial. Me he emocionado sobre todo en la parte en la que le muestran los objetos personales de Kenneth
Gracias!

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Excelente historia Antonio, me ha emocionado.
Silvio.
Argentina.

Anónimo
Anónimo
7 años atrás

Realmente una gran historia, me hizo sentir que a mí me falta mucho como escritor, pero seguré intentándolo, felicitaciones por lo genial que estubo

Atte. Xavier Morocho

Juan Carlos Bosquet
Juan Carlos Bosquet
Editor
7 años atrás

Una chulada Antonio. Felicidades amigo!!!!